16.11.09

No es una figura retórica, vivimos entre un cementerio y un centro comercial. Justo en medio. Al lado del río de consumidores que añade ceros a las cuentas de sus tarjetas de crédito. Debajo de la colina donde yacen los que ya abandonaron este mundo. Por supuesto que nada de esto tiene algo de especial. Nuestra casa no siente las cosas de otra manera por ese hecho topográfico, urbano, por esa suerte. Es, simplemente, una casa, que como otras hemos logrado hacer nuestra sin mayor esfuerzo y en poco tiempo. Nuestra. Hay tanto misterio en esa sola palabra.

Anoche vinieron unos amigos por primera vez. Digerían todo lo que entraba por sus ojos, admirados y extrañados. Pero yo no podía hacer lo mismo. No podía ver lo que ellos veían. Tal vez no había admiración, tal vez no era extrañamiento. Yo no podía olvidarme de dónde estaba parado, o sentado. Era mi casa, la de siempre.

Por la tarde, estuve en una sala de cine escuchando al director argentino Lisandro Alonso. Como en muchos de los conversatorios de esta naturaleza, el ambiente va cambiando gradualmente. No es algo poderoso lo que ocurre. No es una fogata. No es una marea. No sé lo que es. Sólo que varía según la ocasión y que tarda en ser digerido. Es un plato de comida, quizás. Lisandro Alonso filmó La Libertad en diez días, eso contaba, en inglés, y mostró unos pedazos de la película. Yo la ví en el 2003, creo, en Quito, en el primer festival de cine Cero Latitud. A ratos me sorprendía de mi mismo. Que me haya demorado tanto en volver a ver una película que me gustó. Que la esté mirando en presencia del director, con otras quince personas, en Seattle, WA. Pero nada de esto en realidad significaba algo para mí. Tomé nota de las cosas que decía en un cuaderno con esfero de tinta verde porque me interesaba. Luego me acerqué y le dí la mano. Hablamos en español.

Hoy la familia decidió salir de la casa. Hacer un viaje por la carretera. Perder millas y millas de asfalto. Viajamos al norte. En la lluvia. Al norte. Cruzamos un brazo de mar en barco y eso estuvo divertido. La Martu, yo y los niños subimos a la cubierta. Miramos el agua por unos ventanales extensos. Yo me mareé un poco. Sigo mareado. En Kingston nos bajamos del barco y aceleramos a fondo hasta llegar a Port Angeles. Estacionamos frente al Estrecho de Juan de Fuca, se podía ver el Canadá al otro lado. Deambulamos risueños. Nos tomamos fotos. Entramos a un Centro de Vida Marina por insistencia del Julian. Fue una buena idea. Los niños se distrajeron jugando en un arenero unos minutos. La Martu y yo metimos nuestras manos en el agua fría de la península, acariciamos unas estrellas de mar moradas, gigantes.

Después de almorzar fuimos al cementerio. Hoy visité la tumba de Raymond Carver. Es un bloque de piedra negra con letras blancas. Dice su nombre, que fue poeta, escritor de cuentos cortos y ensayista. Hay una transcripción de uno de sus últimos poemas. También hay una foto pequeña de él junto a su segunda mujer Tess Gallagher. Debajo de la foto hay otra transcripción de otro de sus poemas últimos: Gravy. Ella tiene el nicho de al lado ya reservado. Dice su nombre. Que es (que fue, algún día) poeta, escritora de cuentos cortos y ensayista. Hay unas campanillas de viento adornado las tumbas. El lugar se llama Ocean View Cemetery. Queda sobre un acantilado, en las afueras de Port Angeles. La vista es realmente sobrecogedora. Caía una lluvia mínima. Las tumbas en perfecto silencio.

No logré sentir mayor cosa. Tomé un par de fotos y después me detuve, seco. Intenté concentrarme. ¿Qué podía dejar en la tumba? ¿Qué podía dejar de mí, ahí en la tumba de Carver? Me levanté y caminé hacia el filo del acantilado. Unos pájaros se sacudían en los arbustos. Míré alrededor, abrí los botones de mi pantalón y oriné. Cuando regresé a la tumba empezé a hablar. Le conté a Raymond que acababa de leer el libro de memorias que publicó su primera esposa. Le dije que ése era un lugar bonito. No podía entablar un diálogo, lo que salía de mi boca eran más como ensayos de frases sueltas sin mucha relación la una con la otra y sin mucho sentido. Igual, nadie me estaba escuchando. A lo lejos podía escucharle a la Cora quejándose. Empecé a regresar hacia el auto. No había dado muchos pasos cuando me detuve por completo de nuevo. Me di la vuelta y dije gracias, en inglés. No sé. Luego me fui.

En el auto, con las plumas yendo y viniendo sobre la superficie del parabrisas y la calefación, yo digería. Sólo podía sentir arrepentimiento. Pensaba en que no había estado en la tumba de Carver lo suficiente. Había viajado hasta la punta del continente americano para demorarme menos de diez minutos. No sé si pueda regresar algún día. ¿Cómo no le llevo a mi hija de dos años para que camine alrededor de la tumba de Raymond Carver? ¿Cómo no me saqué una foto ahí, al lado de ese nombre grabado sobre la piedra? Estuve a punto de dar la vuelta y regresar. Pero ya pasó. Poco a poco lo digerí. La carretera, la noche, el mar se llevó los desechos, el empacho. Yo me quedé con el alimento. Llegamos a casa y comimos. Luego nos bañamos y vimos una película de Disney. Acostamos a los niños. Yo me quedé escribiendo. Son las cuatro de la mañana y lo único que me importa es que el viento aúlla.

8.11.09

Camino en puntillas como en un cuento infantil de miedo. Son las seis de la mañana. Domingo. No quiero que se levante mi hija. Si se levanta y no me ve al lado suyo en la cama, vendrá a buscarme, me pedirá que la amarque y no me soltará.
Bajo las gradas en puntillas pero no es por miedo, es por amor, supongo. Amor a mí mismo, a mis momentos de soledad. Amor al silencio de la casa en la que solo una persona está despierta. Egoísmo, en realidad. Es egoísmo. Por más que pensé lo contrario durante mucho tiempo, soy tan egoísta como cualquier otra persona.

Anoche en Elliot Bay Book Co., una librería en el centro histórico de la ciudad, el piso de duela se hunde ligeramente con cada paso que das y suena como las casas embrujadas de los cuentos de miedo. El lugar está casi vacío. Hay mucha luz. Es tarde. Sábado. Ocho de la noche. Camino directo a las repisas de ficción, la Cora en mis brazos, puesta su chompa morada de invierno. Cogo un libro, luego otro. Sé lo que quiero pero no lo encuentro. Me doy cuenta que estoy en el lugar equivocado. Lo que busco debería estar en la sección de poesía no en la de ficción. Es una revelación pequeña acerca de un error pequeño. Pero ahora lo veo con tanta claridad. Ese autor, cuya obra busco, es más conocido por su ficción que por sus poemas, sus últimos poemas.
Mientras todo esto ocurre, la Cora me mira fijamente. Parece extrañada. Me analiza como si no supiera quien soy. No siente miedo sólo mucha curiosidad. Mira detenidamente la portada del libro que tengo entre las manos, esa cosa por la que estoy dispuesto a repartir mi peso. No soy solo yo, parece decir, también está el libro.
Perdóname, nena. Las cosas son así. Yo he buscado libros, estoy seguro, desde antes que tu existieras. Y con suerte, lo seguiré haciendo cuando tu ya no quieras estar entre mis brazos, cuando ya no puedas, sin sentir incomodidad.
Digo "con suerte" aunque sé que la influencia de los libros, de los títulos, de los autores es opresiva y yo mismo he intentado librarme de ella, aunque no lo suficiente. Una época sin libros y sin familia no estaría mal, para todos, pienso, pero si es para todos, ¿cuándo? ¿quién ve a los niños?

La martu ha dado la vuelta a la manzana y nos recoge sobre la Primera Avenida. Al salir de la librería le doy cuatro billetes de un dólar más algunas monedas a un mendigo negro y viejo que está sentado al pie de un farol, era el cambio que me dieron por el libro que compré. El negro toma el dinero mecánicamente, como si esperaba precisamente esa cantidad y en ese mismo momento desde hace mucho, su rostro sin expresión. Le subo a la Cora a su silla y enseguida ella busca la mano de su hermano quien está dormido. Así volvemos a casa.

En la mañana leo durante cuarenta y cinco minutos, aproximadamente, después la Cora se despierta. Baja las gradas buscándome. "Apupa" me dice. Después señala su boca y dice "eat". Le sirvo un plato de cereal. Le encanta esta parte de la rutina. "Apiyap" significa "quítame el saco", o "desbotóname la pijama", pero también significa "dame de comer" "coge la cuchara y dame de comer". Después de acabar el plato de Zucaritas nos ponemos a jugar, persiguiéndonos alrededor de la mesa de la sala. Una y otra vez. En cada vuelta hacemos el mismo chiste. Me encanta su risa. Y yo tambien soy aficionado a la repetición.
"Donde está a Mami?" Pregunta la Cora Luna poniendo una cara de intriga y virando sus manos como si estuviera en misa y fuera a rezar un padre nuestro, se responde ella misma "a-(a)-ahh a mami". Luego hace lo mismo con el julian, solo que le dice "oui-yang". El "si" frances mas el yang de oriente.
Entonces escuchamos voces. El julián y la martu están arriba conversando. No están a-(a)-ahh. Subimos.

3.11.09

Mi hija juega en una montaña de hojas secas. Muchas de las cosas que hago con ella desentierran memorias en las que no había reparado por mucho tiempo. El otro día lanzaba una pelota saltarina y mientras yo la perseguía recordé un anécdota personal que me importaba mucho cuando era más pequeño. Cuando vivía en la Gasca perdí una pelota saltarina como esa. Por años la idea de este juguete perdido me llenaba de sentimientos gozosos. Mi madre se inventó la historia de que la pelota seguía rodando, infinitamente, recorriendo el mundo en mi nombre. Esta idea alimentaba mi espíritu, la historia de la pelota saltarina, como ya dije, me definía como ser humano a esa temprana edad. Puedo decir con toda certeza que hasta los 12 o 13 años este episodio era algo así como una piedra angular de mi existencia. Volvía a él a cada rato, como se vuelve a las páginas de los libros que más gustan, páginas con la esquina doblada, con subrayados desiguales, con asteriscos deformes al márgen. Pero lo había olvidado por completo hasta el otro día.

Mi hija juega en el jardín. Hay otros niños. Hay otros padres. Ella se acerca a un niño de su misma edad con el que se lleva muy bien, se llama Tosh, es blanco y rubio a más no poder. La Cora se le acerca con cuidado y determinación, su mirada fija en él. Contemplándolo como si fuera un misterio. La madre del niño está parada cerca con las manos sobre la cadera. Sonríe. Somos vecinos. Nuestros hijos juean juntos. Les hemos pedido sal y azúcar. Hemos conversado de libros, del clima, de las hojas que caen, de los árboles que nos rodean. La Cora se para al frente del Tosh y levanta su mano violentamente. Le golpea en el cachete con todas sus fuerzas. ¿Qué se supone que debo hacer?
Me acerco enseguida, repitiendo la palabra "gentle" una y otra vez y el nombre de mi hija. Lo digo en inglés y lo suficientemente alto como para que la madre del Tosh me escuche. Sepa que estoy interviniendo, que no quisiera que mi hija le agreda al suyo, no adelante de los dos, que me apena lo que sucedíó. La madre de Tosh también se acerca. Dice algo entre dientes, habla con su hijo, "it´s ok", algo así. Tosh no llora ni nada. Pero está en estado de shock, si es que eso es posible a los dos años de edad. No le gustó lo que pasó pero tampoco entiende muy bien lo que está pasando ahora. Los padres bloqueando el paso de los niños.
La Cora se quiere acercar de nuevo. Yo estiro mi mano para anticiparme a cualquier golpe repentino. La Cora sólo quiere sobarle el hombro a su amigo esta vez, eso hace después de atacar, cuando escucha la palabra "gentle", eso significa "gentle, gentle".
¿Qué se supone que debo hacer? Esta claro que no me siento cómodo con la manera en que reaccione. Quizás no debí alterarme ni un poco. Quizás debí permanecer callado. No sé. Quizás debí reaccionar más rápido. Miremos el asunto desde una óptica aristoteliana: Yo soy el padre de esta niña que acaba de agredir a un niño vecino. Agredir a los demás, sin ningún tipo de justificativo, no está bien. Yo soy el padre por lo tanto respondo por los actos de la niña que está bajo mi custodia o mi cuidado, ¿está claro o no? ¿es así? ¿Qué tal si fuera al revés? ¿Qué tal si fuera la niña quien está al mando, y yo bajo su custodia? O más bien, ¿cuál es el propósito inherente de ser padre?
Se lo pregunto a la Martu sin introducir ningún tipo de contexto, así directo, secamente, "Hola, ¿cuál es el propósito inherente de ser padre?"
"Procrear. Asegurar la supervivencia de la especie." dice ella sin dubitación y continúa lo que estaba haciendo.
Entonces, el resto está fuera de nuestro diseño telelógico, no podemos responder por los actos de nuestros hijos ni por su crianza. La crianza es una extralimitación. Nos damos el gusto de hacerlo, de manera continua y sin relevo.

1.11.09

Hay dos mujeres paradas al frente de la clase. Una de ellas se llama Raquel. Está poniendo tres cajas de Pizza sobre una mesa. La otra no se cómo se llama. Tiene una cara diminuta y un pelo, cómo diremos, un pelo castaño que le cubre buena parte de la frente. A ratos ella se lo tira de los lados, acomodándolo, como se haría con las cerdas de una escoba. Lo que tiene en la cabeza parece una peluca vieja y además, esta mujer tiene una mirada de haber vivido todo esto antes, muchas veces. Una mirada profesional. Sin embargo es la otra mujer, la que se llama Raquel, quien nos da la bienvenida. Son de McGraw Hill. Están aquí para hablar de los programas en línea que ofrecen para los cursos de español. Alguien de la clase inmediatamente suelta una queja. Dice que los programas no aportan nada al texto y que McGraw Hill no debería cobrar a los estudiantes por una nueva edición cada año, es una explotación. Raquel se queda boquiaberta. Se mueve por el salón, ocupando sus manos en diferentes cosas mientras suelta unas disculpas encubiertas con resentimiento. La otra mujer, la de la peluca, torea el asunto de mejor manera. Le da la razón a la persona que se quejaba y le dice que McGraw Hill está trabajando para mejorar estas cosas, que para eso estamos aqui. Antes de que se estropeen los ánimos demasiado, nos invitan a pasar a la mesa, servirnos pizza y ensaladas de Pagliacci´s. También hay unas botellas de plástico con agua para beber y un recipiente lleno de chocolates, lo cual me recuerda que mañana es Halloween.

La reunión dura una hora o un poco menos de una hora. Raquel está siempre a la defensiva y la otra mujer reconoce las fallas y ella misma señala algunas en un tono irónico. A pesar de su edad habla con el vocabulario y las expresiones de una adolescente y repite este tipo de frases a cada rato, disfrutando de su uso de ellas frente a una audiencia pequeña pero cautiva. La mayoría de los problemas, según ella, tienen que ver con un tipo en el área de programación de McGraw Hill, alguien que coincidentalmente se llama Jorge, como yo. Sólo que ella lo pronuncia "Hor-Hey", a lo gringo. La martu que está al lado mío, enciende el debate acerca de los contenidos de los textos de español. ¿Por qué tienen que hacer un retrato tan estereotípico de los latinos? pregunta. Las mujeres se interesan por saber más acerca de esto y toman nota en sus pequeños cuadernos. Como alternativa, la martu les dice, deben involucrar las vidas de universitarios latinos, así los universitarios gringos se relacionan con la materia. Raquel no quiere que pensemos mal de McGraw Hill así que nos muestra los últimos programas que están desarrollando, justamente involucrando a universitarios latinos.

Aparecen en la pantalla de la clase dos mujeres jóvenes. Están en un parque público de alguna ciudad latinoamericana. La una le entrevista a la otra. Le pide que le muestre algo representativo de su país, Venezuela. La otra chica saca un paquete de harina, dice que con esa harina se preparan varios de los platos típicos que más le gustan. Hablan en un español teatral, guionizado, en instantes parece publicidad de la marca de harina. Cuando se termina yo levanto mi mano: "Dígame Raquel, qué joven universitario de los Estados Unidos traería un paquete de harina a una entrevista acerca de su país?" Hay risas, lo cual me sorprende porque lo que estoy diciendo es en serio. Raquel monea el teclado de la compu un rato más. Está empeñada en mostrarnos que lo que están haciendo es bueno. Finalmente da con "Yabla", un programa de videos educacionales filmados por universitarios latinoamericanos con la cámara en mano, sin guión. Tiene actividades relacionadas a los lados, sólo hay que hacer clik. NO por nada, pero esto sí está bueno.

Todo esto se da en una aula del edificio de Ingeniería Eléctrica. Es un edificio laberíntico adosado a otro más moderno, el edificio Paul Allen, de ingeniería computacional. Estoy buscando un baño pero doy con el salón principal de este otro edificio donde precisamente este mismo día, se celebra una feria empresarial. Hay muchos jovenes y unos puestos atractivos. Hay chicos con camisetas polos de las empresas que representan y están tomando datos de las personas que se acercan en unas tablas con sujetapapeles. Las empresas son Microsoft, Google, Facebook, Adobe... En cada puesto hay material promocional gratis. Me acerco tímidamente a la de Google y tomo dos pares de gafas, con patas de colores fosforescentes. Agarro unas rojas y unas verdes. Tienen el logo pero están buenas. NO hablo con nadie. Después la martu se da una vuelta y agarra una pelota saltarina de Facebook y un llavero en forma de astronauta de Intel.

Salimos de ahí en nuestras bicis y vamos a recoger a los niños. Comida gratis en los estómagos y regalos en las mochilas. Este es el optimismo barato del que hablaba Henry Miller en Trópico de Cáncer. Este es el optimismo barato de los Estados Unidos de América.

30.10.09

Silly Symphonies es una colección de cortos animados producidos por Walt Disney en los años treinta y cuarenta. La idea general era recontar algunas historias clásicas, leyendas, fábulas, cuentos infantiles. El marco conceptual era dar primacía a la sinfonía, a la banda sonora y no a un personaje central como Mickey Mouse, pero el famoso ratón que entonces era solo un niño, actúa de maestro de ceremonias, cada Silly Symphony lleva el antetítulo "Mickey Mouse presents..." El julian se ha visto estos cortos varias veces y le encantan. Sobre todo disfruta con la eterna carrera entre la liebre y la tortuga. El giro que le da Disney a esta fábula de Esopo y seguramente de alguien anterior, es que la liebre no pierde por dormir una siesta demasiado larga sino por impresionar con trucos de velocidad a un grupo de conejitas coquetas y más, al final está confiado de poder recuperar el terreno pero la tortuga aprieta el acelerador ligeramente y la gana por una nariz. Otra película que le ha impresionado y gustado recientemente es el Castillo Ambulante de Howl, de un nuevo Walt Disney- Hayao Miyazaki. Hace unos meses nos fuimos al cine a ver la última película de Miyazaki, la fabulosa historia de Ponyo, una especie de pequeña sirenita más contemporánea y nipona, acerca de la difícil tarea de aceptar a los demás tal y como son. Pero el julian estaba angustiado, con un miedo vívido de que algo malo vaya a pasar y a cada rato nos tocó salir de la sala de cine. La martu que hace poco fue a ver la película española Camino en un festival de cine, dijo que a ella le pasa lo mismo. Sufre demasiado intensamente, en la piel, con los dramas que aparecen en la gran pantalla. Se intoxica, a veces. Las cosas que pasan influencian fuertemente sus emociones. Dice que el julian es igualito a ella. Así que no hemos vuelto al cine.
Me tomo una taza más de té y escucho la radio. Hay noticias escabrosas. Cada seis o siete minutos, el pronóstico del clima repite la fórmula "cloudy and rainy" como mantra, como los días recientes.

26.10.09

Estamos todos cansados. Hemos jugado, trabajado y comido. El día de otoño empieza a apagarse, mojado pero tranquilo. Los niños ya se bañaron. La Martu se depila. Yo me pongo pijama y luego le amarco a la Cora Luna. El julian dibuja con marcadores en el piso de su cuarto. Sólo la luz de su velador está prendida.
La Martu sale del baño y se lleva a la cora a su cuarto. Yo me quedo con el julián. Me muestra su dibujo. Le pido que se vaya al baño a hacer pipí antes de dormir y mientras tanto, le digo, yo miraré el dibujo. Se va. Miro ese dibujo. Parece un robot con cuatro brazos y cuatro manos. Dos de las manos parecen garras. Las otras dos tienen forma de hélices, están hechas de bolitas y rayas, como las fichas de un juego para armar que le regaló hace poco la martu. Todo el dibujo está en azul pero en la parte del rostro, el robot tiene una mascarilla que ha sido pintada por encima con el marcador amarillo. El julián regresa. Me dice que no es un robot de cuatro manos. Me entrega el marcador azul y me pide que al lado del dibujo escriba la historia de su muñeco ("all about it"). Empieza a dictar "someone is letting someone else that´s in their team borrow their suit and he fighted with that suit"
"fought" le interrumpo yo. "esta palabra en el pasado no se dice fighted sino fought"
El julián se irrita. Me dice "you´re making me so angry". Le digo que sólo le estoy ayudando. Se irrita más. Empieza a llorar. La martu interviene contándole que nosotros también aprendemos cosas nuevas todos los días, le cuenta que sus alumnos de veinte años también se equivocan con el pasado de los verbos en español.
Nuestras intenciones son buenas, pero todo esto claramente pasa por encima de la cabeza del julián. No sé qué es lo que le pasa. Cierro el cuaderno de dibujos y apago la luz. Sin decir nada. El julián sale del cuarto llorando. Esperamos un rato. Entonces la Martu le va a ver. Yo me quedo con la Cora, pero ella tampoco quiere estar conmigo. Después de forcejear, se mete en la cama del julián con su hermano y la martu. Tres son multitud.
Finalmente, el julián, agotado, se queda conmigo y se duerme abrazándome. La cora cae un rato después en el cuarto de al lado.

25.10.09

Ayer fuimos a una feria de calabazas en Kent, WA. Dejamos el auto en el parqueadero, debajo de un árbol que estaba repleto de pájaros. Hacían un ruido tremendo. Todos piando con mucha emoción al mismo tiempo. La luz del sol brillaba y era difícil verlos pero eran unos pájaritos diminutos de plumaje azul oscuro tornasol. Miles de ellos. La martu y yo lo comentábamos con los niños cuando el alboroto se detuvo por completo. Los pájaros habían salido volando del árbol en un solo movimiento. Ahora eran líneas entrecortadas meneándose en el cielo a toda velocidad y en silencio. Una bandada se unía con otra y luego se separaban. Tal vez era una guerra.

El suelo estaba lodoso. Subimos a los niños en una caretilla y fuimos hacia los campos de calabazas gigantes. Pasó cerca una mujer cargando a un niño que se había bañado en lodo. La Cora se bajó de la carretilla, yo me fijaba en algunas calabazas que tenían huecos cubiertos de moho y cuando regresé hacia donde mi hija, se estaba cayendo de frente al suelo lodoso. Puso las manos y luego se sentó en el charco.

El julián escogió una calabaza que era media verde por un lado. Yo escogí la primera que me llamó la atención y luego la cambié por una que tenía una forma alargada que me gustó. La martu escogió una variedad blanca llamada calabaza fantasma. Después la martu y los niños fueron a los laberintos en los maizales mientras yo guardaba las calabazas en el carro. Era un lugar grande, repleto de gente. Filas y filas de personas comprando calabazas de todas las formas y tamaños. Empujándolas en carretillas. Había esa casualidad que suele haber en las feria en los EEUU. Nada sorprende a los locales. Nadie se preocupa mucho por los demás pero todos se controlan unos a otros. Una fé ciega en el dólar y en el mercado.

El laberinto terminó siendo más largo de lo que pensamos. Yo esperaba afuera y alguien se me acercó y me dijo, están en el puesto #5. Eran unos amigos de Jana, la persona que nos había contado de la feria y con quien nos habíamos encontrado poco antes de entrar en el maizal. El puesto número #5 según el mapa del laberinto estaba cerca de la salida, así que me metí en contravía, esquivando a varias personas, hasta llegar a donde estaban la martu, con una sonrisota y los niños. Habían disfrutado. Adentro del maizal estaba fresco. El julián seguía el mapa del laberinto con entusiasmo, se había hecho amigo de un niño mayor que tenía puesto un casco de soldado.

23.10.09

la cora me da la mano. está completamente dormida, su cabeza reposando sobre mi hombro huesudo, pero estira su pequeña mano y mete cada uno de sus pequeños dedos entre dos de los míos, y se podría decir que viceversa.
tiene un año, ya mismo 2, pero no creo que a nadie le importe eso. no hace las cosas que una niña de un año haría, no dice las cosas que una niña de un año diría, no es eso que se consideraría tan pequeño, tan nuevo, tan inocente. para mí ha estado aquí, sobre mi pecho, en ese estado de sueño semivigilante, sus piecitos colgando a la altura de mi cadera, desde siempre.
nadie en esta casa le trata como se debería tratar a una niña de un año y en respuesta ella nos da otra cosa, no la hipótesis de la niña pequeña, nos da un ser sin edad.
no he conocido una fuerza como la suya. me ha deformado. todas las mañanas me saca de la cama. para ponerlo en argot jurídico: ha suspendido temporalmente algunos de mis derechos civiles. y yo soy uno de esos ciudadanos que levanta su pancarta y espera de pie, inmóvil, afuera del palacio de gobierno. solo que el poder no entiende mis quejas, literalmente, no las entiende, no se trata de negligencia ni de mala fé, simplemente no ve lo que veo yo. Y entonces, me doy cuenta de que no es al poder que me quiero dirigir, en realidad, sino a los otros ciudadanos, a las paredes y al cielo.

19.10.09

EL Julián cruza la calle. No contento con los juegos de al lado de la casa, se va a los juegos de enfrente. Donde merodean los niños grandes que juegan con pistolas.

En esta era se hace todo porque las pistolas de juguete no se parezcan a las verdaderas. Son amarillas, neón, disparan esponja. El julián quiere una. Me propone que se la compre cuando cumpla la edad que tienen esos niños grandes. Va para allá. Les mira largo. Se da vueltas alrededor de ellos. Calladito. Ellos no se dan por enterados. Siguen su conversa y su merodeo. El julián regresa corriendo y me dice que tienen 8 años. Son pequeños pero al julián le deben parecer infinitamente más fuertes, rápidos y valientes. Hace una o dos semanas empezó a meterse en los juegos de ellos. Aceptando cualquier misión que le encargaran, aceptando cualquier arma que le tocara. Como un soldadito. Es más callado con ellos de lo que es con niños de su edad, pero como con todo, una vez que gana confianza y un espacio propio, vuelve a ser él. A cada rato hay llantos y frustraciones pero he notado que así es con todos los niños. Hechos para el drama, debo recordarme a mí mismo que esos momentos son parte del juego o de algún tipo de juego paralelo que es igual de emocionante, las explicaciones racionales no siempre son aplicables. Los niños brillan con luz propia y también reflejan, en el jardín, sus mundos privados, el interior oscuro de sus casas, reflejan a sus padres.

Últimamente, he estado moneando con mis primeros recuerdos. Alguna cosa sucita otra y entonces entro en un estado como de trance. Puedo ver las paredes blancas de la casa en la que vivíamos, en La Gasca. Después estoy en el jardín de esa casa, corriendo. Puedo ver a mis vecinos, los Recalde y a otros amigos. Cada espacio parece completamente autónomo, como si no estuviera conectado con otro. De la nada, veo el estudio de mi papá en nuestra casa de Bethesda, Maryland. Puedo oler la madera del escritorio. Si me concentro puedo ver toda la casa, por dentro y por fuera. Igual que con la casa de la GAsca, pero las imagenes que tengo en mi cabeza, en cada caso, muestran espacios en diferentes horas del día, en diferentes épocas del año. No existe el recuerdo total y esto es medio intolerable pero la característica aleatoria de como se presentan los recuerdos es pura magia. Puedo ver la habitación que comparto con mi hermano mayor, de nuevo en la Gasca, una litera al fondo, una ventana y el piso de madera con juguetes por todas partes, puedo ver el largo corredor y siento que hay un balcón, tomo un caracol del baño de visitas entre mis manos y lo pongo en mi oído. Puedo escuchar el mar. La luz de este día de otoño en Seattle se confunde con la luz de otros tiempos.

En un recuerdo de esa época me puedo ver a mi mismo echado en un sofa boca abajo viendo un partido de fútbol en la tele. Es el Mundial de México 86. Por eso sé que en esta serie de recuerdos tengo 6 años. Me acuerdo que mi padre entra al cuarto y me dice en un tono de voz que me parece fuerte que deje de hacer lo que estoy haciendo. Me doy cuenta de que estoy frotando mi cuerpo contra el sofa y que el movimiento produce mucho placer. En otro recuerdo me acerco a mi madre porque veo que está llorando. Me preocupa genuinamente, nunca le he visto así Está hablando por teléfono con mis abuelos y le están diciendo, creo, que se van del país. Recuerdo también una vez que mi hermano quiere salir a jugar fútbol en el jardín. Por alguna razón, ese día decido quedarme adentro jugando con los muñecos de He-man. Después de un rato, el Javier regresa a la casa llorando. Tres líneas de sangre bajan por su rostro. Pasa al lado mío, yendo hacia donde está mi mami y tengo tanto miedo de que se haya hecho daño que sigo jugando como si no hubiera pasado nada. Hasta siento un poco de culpa por no haberle acompañado.

14.10.09

Vuelve la lluvia a la ciudad lluviosa. Entiendo por qué hablar del clima se ha devaluado tanto pero a mí me sigue pareciendo algo esencial. LLuvió ayer por la mañana y el frío que había estado mordaz se transformó en algo más cálido, en aire fresco para respirar. Llovía en la madrugada de hoy cuando desperté. Preocupado porque mi bici estaba afuera. Me olvidé de guardarla ayer.
Mi amigo Corentin, que es un músico extraordinario y escribe acerca de música contaba que mientras hablaba de música senegalesa con otro amigo cayó una lluvia torrencial sobre el distrito 19 de Paris. Otro amigo que me escribe desde el Ecuador con noticias acerca de su reciente mudanza y de un escritorio rojo que armó, comenta un poco amargamente que está lluviendo en Quito. El clima nos comunica.

Ayer fue un día largo. Aparte de mi trabajo en la Universidad conseguí trabajo como profesor en un Instituto de Lenguas. Tengo cuatro estudiantes. No reunimos los Martes y Jueves. Las sesiones duran tres horas. El curso termina a finales de este mes. Además, una vez a la semana (dos empezando en noviembre) tutoreo a una señora jubilada que se llama Donna. Ella viaja todos los años a España para visitar a una amiga que es una chef internacional muy reconocida. Por eso quiere mejorar su español. Habla francés perfectamente y a veces me dice "Oui" en vez de "sí". También tiene problemas pronunciando la palabra "entre". Pero conversar con ella es muy agradable. Tiene esa calma de ciertas personas mayores.

En todo caso ayer se juntaron todas estas obligaciones. Y no tuve tiempo para mucho más. Llegué a la noche con las justas. Y hay algo sabroso en el cansancio. Una soltura. Supongo que es experiencia. La experiencia de un día largo.

La martu me dijo que los niños se portaron extremedamamente bien por la noche. Que hicieron caso a todo. Que se bañaron, vistieron y acostaron sin ningún problema. Que el julián esperó pacientemente en su cuarto mirando libros mientras la martu le hacía dormir a la cora. Cuando yo llegué todos estaban acostados. Sólo había una luz encendida en la cocina. Comí unas coles de bruselas inmensas que había preparado la martu y un poco de pasta fría con atún.

En la madrugada de hoy soñé con el enano borja y su familia, la gaby y la manuela. Estábamos viajando en un tren. La Gaby y la Manue estaban sentadas con las piernas estiradas, muertas del cansancio. El enano y yo hablábamos de pie acerca de lo grande que está la manue y recuerdo haber sentido miedo y vértigo, dentro del sueño, cuando le dije que el julián muy pronto estaría así de grande. "Es el comienzo de su vida." Creo que dije, de nuevo, con una fuerte sensación de angustia que subía por mis venas. Luego le mostré al enano las cabezas de unas muñecas de trapo que había entre carril y carril del tren en el que viajábamos. Saqué una y resultó ser un paraguas. Le comenté que era parecido a una obra de teatro que la Gaby había producido, en la cual tres o cuatro personas viajaban en el balde de una camioneta. Toda la obra se desarrollaba ahí. Los personajes eran imigrantes. Guardé el paraguas en uno de los cajones que había encima de los asientos, preocupado porque al final del viaje la dueña (una niña, suponía) no sabría dónde encontrar su paraguas.

En estos días he intentado hablar con el enano y su familia que efectivamente viajaron recientemente, en avión, no tren, hasta EEUU que es donde viven ahora. Obviamente estarán cansados por todo lo que una mudanza así implica y creo que el sueño de alguna manera refleja mi preocupación natural porque los amigos estén bien. La gaby hace teatro y siempre que conversamos, creo, nos damos ideas, opiniones, hablamos de obras de arte, etc. En esa parte del sueño estaba simplemente adoptando la misma posición que siempre adopto frente a ese tipo de circunstancias. Un rol que conozco bien. La angustia que sentí creo que tiene que ver con la idea, la he repasado mucho últimamente, de que una persona empieza a recordar trazos y fragmentos de su vida solamente a partir de los 5 o 6 años. Eso es lo que la frase "Es el comienzo de su vida" significa. Me sorpende haber sentido físicamente en sueños algo que en la vida real solo puedo racionalizar. Mi hijo crece. Pronto, muy pronto, va a cambiar. Va a ser otro sin dejar de ser el infante que yo he conocido.

he repasado mucho en mi cabeza la idea de que nuestras vidas están hechas tanto de recuerdos como de olvidos.

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